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Hijo mío, guarda mis palabras y conserva junto a ti mis preceptos. 2 Guarda mis preceptos y vivirás; que mi enseñanza sea como la niña de tus ojos. 3 Amárralos a tus dedos, escríbelos en la tablilla de tu corazón. 4 Llama “hermana” a la sabiduría y da el nombre de “amiga” a la inteligencia.

5 Así te preservarás de la mujer adúltera, de la desconocida que atrae con sus palabras.

6 Estaba en mi casa mirando por la ventana, a través de la reja. 7 y vi entre los jóvenes a un muchachito inexperto8 que pasaba por la calle, junto a su esquina, tomando el camino de su casa.

9 Era el atardecer, cuando se acaba la luz, en medio de la oscuridad y de la sombra. 10 Y mira que esta mujer le sale al encuentro, con ropa de prostituta, envuelta en un velo.

11 Es atrevida y no tiene vergüenza, sus pies no pueden quedarse en casa. 12 En la calle o en las plazas, en todas las esquinas, permanece al acecho.

13 Se echa sobre él y lo abraza, y muy segura le dice: 14 “Tenía que ofrecer sacrificios, hoy cumplí mis mandas, 15 por eso te salí al encuentro, para buscarte, y te hallé. 16 Adorné mi cama con tapices, con telas de hilo recamadas de Egipto, 17 rocié mi lecho con mirra, áloe y canela. 18 Ven, embiraguémonos de amor hasta el amanecer. Entreguémonos al placer, 19 porque mi marido no está en casa, partió para un viaje lejano; 20 llevó la bolsa del dinero, volverá a casa para la luna llena.”

21 Con palabras tan suaves lo ablanda y sus labios seductores lo arrastran.

22 Al momento él la sigue, como buey lavado al matadero, como ciervo pillado en un lazo, 23 hasta que una flecha le atraviesa el hígado; como pájaro que se lanza a la red sin saber que en ello le va la vida.

24 Ahora, hijos míos, escúchenme, y presten atención a las palabras de mi boca;

25 que tu corazón no se pierda por sus caminos, no te extravíes por esas sendas.

26 Porque numerosos son los que ella hirió de muerte, y los más vigorosos fueron todos víctimas suyas.

27 Su casa es el camino del infierno que va bajando hacia la mansión de la muerte.”